[RESEÑA] Tema Libre, de Alejandro Zambra

Sociedad 07 de abril de 2019 Por
*Lo que usted leerá está más inspirado en el autor que en el libro. Tomé el título muy en serio*
Tema Libre, de Alejandro Zambra portada

Cuando anunciaron que Alejandro Zambra venía a Talca, después de pasar años pidiéndole a Marcela Albornoz que lo trajera a los “Conversatorios Culturales”, pensé en escribirle una carta contándole por qué sus libros son tan importantes para mí. Me arrepentí, por supuesto, la sola idea me dio una vergüenza terrible. Aunque confieso que quedé con el listado de hitos en que Zambra aparecía y desaparecía de mi vida, revisado y ordenado cronológicamente.

Me retracté porque creí que a él no le interesarían los desvaríos de una provinciana mareada con la literatura. Me acordé de Diamela Eltit, a quien le escuché decir que ella suelta sus libros y el lector verá cómo los interpreta. Seguramente estaba hastiada de que le pidieran que explicara Lumpérica. Por último, pensé en ese afán desatinado que tengo de asignar roles importantes a gente que no le corresponde. Quedé con las ganas, no hay nada más triste que quedarse con las ganas, por eso ahora me desquito públicamente.

Esta es una carta sobre la influencia de Alejandro Zambra en mis locuras, en mis amistades y en mis romances, que es sobre lo que una escribe cuando le dicen “tema libre”, así él lo afirma en el libro por lo menos. Esta es la carta de cuya escritura había desistido porque me persuadí de que me diría “gracias” y luego la dejaría por ahí tirada sin siquiera mirar la caligrafía. Eso en el mejor de los casos, la otra opción era que la leyera y dijera “qué mierda es esto”.  

Todavía estoy a tiempo de volver a arrepentirme, no solo de escribir, también de recordar.

Más de una vez le he dicho a Felipe que Zambra es para mí como esos amigos con los que siempre cuentas en los momentos precisos, que están cuando los necesitas y que después se pierden, hasta se te olvida su cercanía, pero que nunca fallan.

Nada que hacerle, he inventado un lazo indeleble.

Cachetazo uno: En una parte de Tema Libre, Zambra reflexiona que un sinónimo de madurez literaria es identificarse con el autor y no con el protagonista. No conozco a ningún/a lector/a de Bonsái que no esté convencido de que su vida es lo más semejante posible a la novela o al estilo narrativo de la misma. Ninguno/a. Lo juro.

Me incluyo, además.

Estábamos con mi primer pololo en la biblioteca de la universidad, era la primera cita, sentados en el suelo frente al estante de la novela chilena. Él sacó Bonsái y me preguntó si yo lo había leído. Le dije que no, lo abrimos, vimos esa foto de Alejandro con el pelo largo. “Se parece a la Violeta Parra”. Nos reímos, tomé el libro y le di un beso en la cara, él me respondió con un beso en la boca.

Alejandro, si estás leyendo esto: todo se fue a la mierda, pero a pesar de ello no te culpo de la hecatombe que se desató. Insisto, todos en algún momento nos pasamos el rollo de que nuestra vida salió de tu imaginación o, mejor dicho, de tu incansable trabajo de escribir, leer, corregir, escuchar, da capo.

He releído Bonsái varias veces, como si quisiera hacer ensayo y error de lo que espero vivir. En todas he sentido el mismo dolor de manera más o menos intensa, leí a Proust confiada de que el desasosiego se desvanecería y terminé pensando que me iba a morir cada vez que me tocaba subir a un bus, rayando con la memoria, los recuerdos, el tiempo. Aunque esa es harina de otro costal.  

Cuando empecé a pololear con Felipe, a las pocas semanas de mantener llamadas diarias de más de tres horas, decidimos leer antes de dormir. Elegí Bonsái para romper la mufa, para sacudirme el sabor aciago de algunas “primeras veces”. Nos demoramos dos noches, lo leímos con calma. En realidad yo leía la versión gris en voz alta y Felipe me seguía con la edición compacta que incluye “La vida privada de los árboles”, más de trescientos kilómetros al sur. En esta ocasión todo ha resultado de maravilla, quizás con lo único que funcionan las segundas oportunidades es con los libros. Segundas, terceras, cuartas, quintas, ad infinitum.

Aquí aparece Zambra de nuevo, como el amigo al que no he visto en un largo tiempo, pero al que quiero como si fuera una relación cotidiana cualquiera. En Tema Libre divaga sin límite, me lo imagino en la mesa exterior de algún café talquino, hablando lento, con nuestro acento chileno indescifrable.

Nota al margen: estaba convencida de que hablaba un español neutro, hasta que fui a Perú. Allá un vendedor ambulante me ofreció algo, pronuncié “no, gracias” y él identificó mi nacionalidad como si hubiese tenido los poderes de un gitano.  

Tema Libre, de Alejandro Zambra 1

Felipe me pregunta cuál es el libro de Zambra que más me gusta, además de Bonsái. Pienso un rato y le digo “Mis Documentos”. Viene a mi mente la primera vez que lo tuve en las manos y esa narración del chancletazo épico que recibió la Gaby después de comprarlo. “Eso te vai a poner en las patas”, le recriminó la mamá porque había gastado la plata de los zapatos de verano. Después que ella lo leyó me lo prestó. También lo escondí, no sé por qué, me contagié de la culpa de mi amiga. Gaby se entusiasmó y leyó “Formas de volver a casa”. Me dijo que estaba en eso y le hice un spoiler insufrible, no sabía en qué parte iba e inopinadamente le solté “fue raro imaginarme a Zambra culeando con la Claudia de Los 80”. Fue una venganza inconsciente, ahora que lo pienso.

Cuando mi amiga va a la librería, nuestras conversaciones atraen a los clientes, en más de una oportunidad me ha pasado que luego regresan y me preguntan por esa historia de la que chachareábamos tan animadamente. Tengo que adivinar, puede ser un libro, una canción, una película, un video de youtube. Un día fue a verme y le conté que estaba leyendo “Vivir entre lenguas” de Sylvia Molloy, le dije que lo saqué de pura copuchenta porque tenía una opinión de Fuguet en la contratapa, le mostré un fragmento y terminamos las dos interesadas en la escritora argentina.

Hace un par de meses, cuando todavía hacía frío, invitaron a Zambra a presentar Tema Libre en la Universidad Autónoma. Él traía solo un ejemplar para regalar, preguntó quién estaba de cumpleaños y yo levanté la mano. Era mentira, no puedo decir mentiras, siempre termino contando todo, tengo una tonta inhabilidad para guardar secretos. Solo guardo un secreto cuando lo olvido. Bajé el brazo, me puse a reír nerviosamente y reconocí que estaba mintiendo. Se lo dio a otra persona. Soy provinciana y estúpida.

Cuando llegué a la casa le conté a Felipe y él, tan empeñado en reparar todas mis heridas, hasta las más anodinas, me compró Tema Libre por internet, antes de que llegara la primicia a la librería.

Puede sonar un poco forzado, como una especie de profecía autocumplida, pero resulta que Zambra también menciona a Sylvia Molloy en ese apartado “interminable” sobre las traducciones. La misma escritora, el mismo libro, pero mucho antes que nosotras.

Díganme ustedes, qué hago con todas estas coincidencias. 

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