Testimonio de Cecilia Heyder: "No conozco a mi torturador: él era el que me aplicaba la picana más cruel"

Opinión 20 de mayo de 2019 Por
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Foto: Marucela Ramirez - AFI Santiago

Cuando me decidí a escribir este relato, no es solo mío, es el relato de miles de chilenos que pasaron por los centros de torturas a lo largo del país. Algunos fueron combatientes que lucharon contra una dictadura, y que hoy, se encuentran en el abandono de este estado indolente.

Al escribir estas líneas, se me vinieron mil imágenes a mi mente. Algunas preguntas me invadieron ¿Cómo empezar?

Las citas los ambientes sobran, y si los hay son sórdidos, oscuros, repletos de espectros por doquier. No los puedo adornar, tampoco puedo hacer una reflexión con metáforas de la vida y de la muerte.

El tiempo no ayuda a que las heridas cicatricen, simplemente quedan abiertas al recuerdo. Es mi decisión la que se impone en la tarea de asumir el riesgo de profundizar en la oscuridad de mi alma llenas de fantasmas y recuerdos causados por la tortura. Mirar el futuro y pensar que se podía olvidar que a pesar de que creamos que lo superamos y, que el miedo nos abandonó, el trauma vuelve desde la penumbra de mi ser cuando los recuerdos se aglomeran.

Los sentimientos surgen. Con solo al cerrar los ojos en el mismo momento que mi torturador aplicó en mí, la primera picana. Desde entonces, un signo tan visible como los milicos sacuden mi rencor, que estaban en ese lugar.

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Foto: Marucela Ramirez - AFI Santiago


No conozco a mi torturador: él era el que me aplicaba la picana el más cruel. Pero al oírlo hablar tantas veces, supe que desgraciadamente su voz, me resultaría familiar para siempre. Lo imagino alto con unas manos grandes y corpulento con una barba descuida y desaseada. Siempre estoy atenta. En la micro, en el súper, en cualquier lugar donde se encuentre una multitud de gente. Creo que reconocería su voz grave, cada palabra que usó en las sesiones de tortura, cuando nos abusó y nos violó de las formas más aberrantes que un ser humano pudo soportar. En cada golpe de pies y puños. Cada hueso que me fracturó mientras me torturó... seguramente que lo disfrutó al máximo.

Me retumba en mis oídos las amenazas. Creo que aun puedo identificar esa voz.

Muchas veces sentí esa rara culpa de estar viva y, aun me culpo al no encontrar esa respuesta.

También me pregunté ¿Cómo un ser humano pudo llegar a ser tan cruel? ¿le habrán condecorado por violar o torturar? ¿Cómo pudieron cumplir con las órdenes, con tal desempeño y responsabilidad? ¿Todo por la patria? Todo por ella decían algunos "sentirse con orgullos".

A mi torturador: Si me estás leyendo por favor respóndeme: Me pregunté mil veces si eras así con todas las detenidas... a las que nos mantenían desnudas, las ponías contra la pared, las examinabas con tu aliento alcohólico y con tus manos asquerosas dejando una estela pestilente. Como si estuvieras revisando una cosa o un animal ¿Así mismo revisabas a tu mujer o tus hijas? ¿Te excitas con los lamentos, y los ruegos? Completabas las torturas hasta que los detenidos se orinaban encima. Porque ya eres un perito. La bolsa, la picana… lo que sea. La suma, como buen profesional, es extenso. No hace falta leer en manuales clandestinos.

Te felicitaban y te sentías orgulloso del buen trabajo que realizabas. Y encima te pagaban por ello. ¿Dónde estudiaste esas clases especiales de tormentos y suplicios?

Los recuerdos aun los mantengo nítidos en mi memoria. Escondidos en esa caja al fondo de mi alma. Pero al recordar cada episodio de lo vivido. El sufrimiento ya no se apodera del corazón, porque cada palabra es como si la viviéramos de nuevo, pero sin dolor físico.

Por eso creo que es necesario dejarlo por escrito. para que mi testimonio no pase al olvido.

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