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La realidad desde su burbuja de privilegios: ellos deciden y nosotros pagamos

¿Cómo salvar la vida de nuestros seres queridos mientras nos obligan a mantener a flote el sistema que nos puso en esta situación?

Opinión 08 de mayo de 2020 Felipe Maulén Cornejo
Tiempos de Coronavirus Padre e Hija b2eed58a

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La realidad siempre ha estado ahí, frente a sus ojos, tal vez no la han vivido en carne propia, pero saben que existe y que es generalizada. La ven a conveniencia cuando deben disimular su burbuja de privilegios, por lo general en periodos de campaña o frente a los medios de comunicación. Luego, cuando esa realidad ya no les sirve para sus intereses, fingen no saber de ella, incluso intentando convencerte de que no es tal como tú mismo la vives día a día, para lo cual suelen dar discursos llenos de contradicciones usando un tono convincente, recurren al uso de eufemismos o utilizan tecnicismos que saben que probablemente no entenderás por completo, intentando confundirte.

Sea cual sea el caso específico, la gran mayoría de nosotros hemos vivido situaciones prolongadas y sostenidas en el tiempo que están muy lejos de tener las condiciones que ellos, los privilegiados, toman como base para dar soluciones a los problemas que nos han acompañado por años, así como también a los que hoy nos afectan de manera excepcional.

Voy a partir compartiendo una situación personal: con mi familia tuvimos la suerte de vivir con mi abuela desde que yo tenía 12 años, en 1997, hasta que falleció en 2012. Me he acordado bastante de ella durante este tiempo, ya que he pensado muchas veces en que habría pasado si en ese periodo se hubiese presentado una situación de emergencia como la actual. Pienso en ese discursillo de la vuelta a clases y en como mis padres podrían haber gestionado el que yo fuera diariamente a una sala de clases con casi 40 compañeros, fría, a veces con alguna ventana rota, con baños que daban asco de solo mirarlos y olerlos desde afuera, sin agua caliente e incluso compartiendo útiles escolares, libros y los pocos computadores que teníamos; para después volver a casa a pasar la tarde con ella, compartir  los espacios, tomar once juntos, ver la tele un rato, darle sus remedios, ayudarla si necesitaba algo y acompañarla; ya con una edad avanzada donde cualquier virus puede ser algo grave, más aun uno desconocido, además de los otros factores de riesgo que pueda haber tenido.

He oído otras historias al respecto, como la de alguien que durante el día debe cuidar a su nieto pequeño y por la noche a su padre anciano. O quien debe usar el transporte público a diario para ir al trabajo donde comparte espacio con 30 personas, para después volver a casa a cenar con su pareja que la está pasando muy mal por los efectos de la quimioterapia.

Este tipo de vidas son las que tienen muchas personas, familias con niños y ancianos en una misma casa, adultos que cuidan a sus padres, enfermos que se van a vivir con un pariente para recibir cuidados y tener compañía, amigos que deciden compartir su hogar porque el dinero no alcanza y adultos mayores que se hacen cargo de sus nietos; realidades que podría llegar a vivir cualquier persona que  no sea parte de ese pequeño grupo que concentra la mayor parte de la riqueza en nuestro país.

Todo lo anterior ocurre mientras te hablan de una normalidad que de nueva tiene poco, de un retorno que de seguro no tiene nada y de culparte a ti por una situación que es su responsabilidad. Te piden salir de casa, como si nada malo pudiera pasar, como si tu situación y la de tus seres queridos requiriera sólo de unos pequeños ajustes para que todo vuelva a funcionar sin que nadie tenga que morir en el intento.

Y surgen interrogantes: ¿Cómo un niño que vive con sus abuelos puede volver a clases sin poner la vida de ellos en peligro? ¿Cómo alguien puede conseguir una segunda vivienda para aislar a las personas de riesgo teniendo recursos limitados? ¿De dónde sacar dinero para contratar a alguien que se haga cargo de los más pequeños o sus abuelos y así evitar el contacto entre ellos? ¿Qué hacer para costear todo lo anterior con los bajos sueldos o las ayudas precarias que reciben quienes se han quedado sin trabajo? ¿Cómo salvar la vida de nuestros seres queridos mientras nos obligan a mantener a flote el sistema que nos puso en esta situación? Entre muchas otras preguntas de este estilo.

Luego, al imaginar las probables respuestas de nuestras autoridades, se me viene a la cabeza la famosa frase de Lord Farquaad en la película Shrek: “Algunos tal vez mueran, pero es un sacrificio que estoy dispuesto a aceptar”.

FELIPE MAULÉN CORNEJO


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