RESEÑA: El sistema del tacto – Alejandra Costamagna

Opinión 22 de abril de 2019 Por
La estructura del libro es novedosa, pero no aburriré con ese tipo de detalles, aquí lo importante es sentirse a la deriva.
El sistema del tacto – Alejandra Costamagna
El sistema del tacto – Alejandra Costamagna

Dijeron que Alejandra era la finalista del Premio Herralde de Novela y que el libro sería publicado a través de Anagrama: emoción. Desde hace un par de meses, el proveedor encargado de distribuir Anagrama es el coloso Penguin Random House: mucha más emoción. Eso significaba que no tendría que ir a Santiago por el libro sino que en algún momento llegaría dentro de las novedades estivales a la librería. Esperé todo diciembre, todo enero, parte febrero, hasta que apareció.

Estoy un poco nerviosa intentado pensar lo que les quiero decir. Compré el libro, lo acomodé en mi biblioteca e hice una pausa que sirviera de preludio. La verdad es que ya había escuchado las primeras hojas en la voz de la mismísima Alejandra y no podía evitar el ritmo de sus palabras en mi mente mientras avanzaba en la lectura. Una línea, primer compás, otra línea, segundo compás, no quería que el solfeo se me fuera en ansiedad y quedar satisfecha antes de tiempo como cuando comemos algo rápido después de aguantar el hambre. Esa no era la gracia de la novela.

La estructura del libro es novedosa, pero no aburriré con ese tipo de detalles, aquí lo importante es sentirse a la deriva.

El sistema del tacto – Alejandra Costamagna 2

Ania es una niña que viaja con su padre a Campana, al otro lado de la Cordillera, parte de su familia es argentina con ascendencia italiana, y a su vez Ania es una mujer que cuida gatos, pasea perros, riega plantas y tiene problemas para dormir. Nuestra historia la habitan dos lugares que a primera vista parecen incompatibles, allá es una extranjera, aquí es una insomne y ninguno de sus lazos es suficiente para ser raíz, excepto el gato, el gato naranjo.

La narración es un movimiento constante, un ir y venir de personajes que se cruzan entre un viaje y otro, un espacio atemporal en el que conviven manuales, fotografías, ejercicios dactilográficos, todos instrumentos con los que la protagonista refuerza su memoria y transforma su relato en un interesante puzzle literario.

La novela tiene tantas imágenes hermosas que le pregunté a Felipe “¿tú crees que Alejandra escribe poesía?”, las mariposas atrapadas en el auto, el tiempo devorando a la habitante en tránsito de una casa abandonada, la espera en una estación por la que ya no pasan trenes, el sonido de las máquinas que se asemejan al de una flauta traversa.

La memoria es un juego veleidoso, sus retazos son láminas difusas con un doble fondo anidado de sentimientos, la experiencia que guardan puede confundir un día con otro, un desvanecimiento que más parece un palo en la cabeza. Aquellos recuerdos que forman la identidad de Ania están imbricados en recuerdos colectivos que encierran familia, política, literatura y migración. Ania, su padre, Agustín, Nélida, todos ellos con la necesidad de escapar, de transformarse, de adaptarse como los pájaros que modularon su canto para sobrevivir a la modernidad.

 


 

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